Reseña de sobre El Celler de Can Roca
Un top de la gastronomía mundial. Llevan al comensal a trascender espacio y tiempo recordando olores y sabores que, a priori, no piensas que puedas rescatar.
Una entrada sencilla, al patio de la casa, a través de una rampa (si vas solo y en silla de ruedas, la pendiente puede ser complicada). Al acceder al restaurante, en un luminoso pasillo de altos techos, te reciben y te acompañan a tu mesa.
Para arrancar, junto con la bebida de bienvenida, se inicia una tanda de snacks que te hacen viajar por el mundo con su globo terráqueo, juegan con el sabor, la temperatura y la textura de elementos sencillos como las aceitunas o retoman los sabores de antaño haciendo un homenaje a los platos de su (nuestra) infancia. La característica de estos entrantes es aportar pequeñas piezas tratadas con sumo cuidado, para poder valorar cada bocado en detalle, sin llenarte en exceso para el resto del menú
Una vez acabada la presentación, pasamos a los platos principales. Platos inspirados en productos de la zona en el que sobresalen el tratamiento de los pescados y mariscos (la gamba con el jugo de su cabeza o el juego del erizo con el caldo de vaca rubia gallega valen por ellos mismos una visita). Las carnes estaban buenas, qué duda cabe, aunque ante esta sinfonía de sabores sutiles y delicados al tiempo que sabrosos e intensos, brillaban con menos intensidad.
Para acabar, la sección dulce pone un broche de oro a velada llevada siempre al ritmo del comensal con un servicio impecable que te hace sentir como en casa. Hablando de los postres, tomamos 3: una carbonara de plátano, buena idea y ejecución, pero para mi gusto un poco pesada después de un menú tan largo. La Pineda: un homenaje a los bosques de la zona a los que te trasladaba el minucioso trabajo que representa hasta las acídulas de los pinos.
Un punto y aparte requiere el último postre: Libro viejo, donde Jordi Roca consigue sintetizar ese aroma a desván del abuelo lleno de papeles, libros, periódicos y entre delicadas láminas de caramelo degustas un postre espectacular.
Acaba la comida con el carrito de los postres, donde algunos pettit-fours brillan mas que otros, sobre todo el delicioso carrot cake.
Después de una copiosa comida, de la que acabas satisfecho pero no saturado, puedes degustar un pequeño licor en la agradable terraza, cosa que se agradece para reposar la comida.
Un local en el que cada bocado se ejecuta con maestría, en el que cada plato resalta unas cualidades distintas de los productos de primer nivel que se notan tratados con todo el respeto y el cariño que se merecen. En resumen, una meca culinaria a la que todo buen amante de la cocina debería poder acudir una vez en su vida.





